martes, 4 de octubre de 2011

FERNANDO PESSOA, EXTREMO ORIENTE PORTUGUÉS

“Hola, cuidador de rebaños.
Ahí junto al camino,
¿qué te dice el viento al pasar?”

“Que es el viento, y que pasa,
y que ya pasó antes,
y que pasará después.
¿Y qué te dice a ti?”

“Mucho más que eso,
me habla de muchas otras cosas.
De recuerdos y de saudades
y de cosas que nunca fueron”.

“Nunca oíste pasar al viento.
El viento habla sólo de viento.
Lo que le oíste es mentira
y la mentira está en ti”. 



Fernando Pessoa




Lao Tse dice:“Sin salir de tu propia casa, puedes conocer el mundo. Sin mirar por la ventana, puedes conocer el Tao del Cielo. Cuanto más lejos vayas, menor será tu saber. Por eso el sabio conoce sin viajar, distingue sin mirar, realiza su obra sin actuar”. Y Fernando Pessoa, en su interior, lo escucha. Piensa. Y escribe.

De esta forma, preguntas e inquietudes formuladas en el extremo oriente tienen respuesta en el extremo occidente, en Portugal, el país que se encuentra más cercano al poniente europeo. Y es que pese a las limitaciones físicas, los interrogantes y la savia del desarrollo profundo del ser humano no reconoce límites. En el intermedio de este viaje entre inquietudes y afirmaciones, de contradicciones y sabidurías, de preguntas y respuestas es donde está expuesta de forma visceral lo que nos hermana sin distinción de latitud, la búsqueda.

Este poema de Pessoa (mejor dicho, de Alberto Caiero, una de sus múltiples caras creativas) parece confirmar que a lo largo y ancho de la historia y de la geografía del ser humano los interrogantes sobre los aspectos cognitivos del hombre, y sus respuestas, suelen ser muy parecidos.

Por otro lado, con las palabras del cuidador de rebaños, el poeta acompaña la búsqueda intelectual, práctica y espiritual que tienen algunas corrientes y religiones filosóficas orientales. 

La corriente Zen de budismo mahayana, como en la actitud del cuidador de rebaños, recalca la necesidad de la plena percepción de la vivencia en el aquí y ahora. Nuestra mente, errando en los vaivenes de los deseos y de la conciencia especulativa, actúa como el interlocutor del cuidador y se convierte en uno de los grandes disparadores para perder este eje temporal presente. 

En un camino similar, el taoísmo busca la manera de retornar de forma armoniosa y fluida al movimiento apacible, armónico y total de la Naturaleza Universal. Invita a reintegrarse con el Tao en una modalidad que está lejos del esbozo crítico, de la razón operativa, de los deseos efervescentes sin cauce, de la especulación intelectual[1]. Así, como el cuidador de rebaños, el taoísmo sugiere que debemos escuchar al viento como viento en sí, liberándonos de las “cosas que nunca fueron” y que la mente tiende a adosar a todos los fenómenos que acontecen en cada instante.

De esta manera, parecería observarse la naturaleza real de los sucesos. Con esa seguridad (teniendo esta percepción directa, certera y total), esbozar pensamientos sobre posibilidades, deseos, opciones, fantasías, proyecciones, o lo que sea, pasaría a ser una experiencia más dentro de las que nos ofrece nuestra existencia; pero no por ésto se transformará en LA experiencia, como único modo de la praxis posible. 

Parece que uno pierde un “mundo de experiencias” si se liberase de todas estas percepciones que puede disparar un estímulo. Sin embargo, cabe preguntarse si entregándonos a la marea de pensamientos que un estímulo genera no estamos perdiéndonos la verdadera experiencia del viento que es viento y que pasa aquí y ahora alrededor nuestro. ¿No son los pensamientos especulativos, que se disparan en nuestra conciencia con una fuerza y un caudal inusitados, los que nos distraen de experimentar de forma plena el acontecimiento en el que nos encontramos involucrados? 

En la tradición taoísta a veces se compara a la naturaleza de la mente con la actitud de un caballo desbocado al que hay que domar: es frenético, impetuoso, violento, altivo, desafiante. En la Medicina Tradicional China, el Corazón es el órgano que gobierna su Chi. Su elemento es el Fuego y una de sus características principales es la de tener movimiento propio y, si no se lo controla, este “movimiento” puede transformarse en un incendio abrasador. Es exactamente lo que sucede con nuestra mente si la dejamos divagar y no se la encauza respaldándola en la experiencia que acontece. Cantidades de veces estamos concentrados en alguna reflexión y al rato nos encontramos pensando en cualquier otra cosa sin poder ni siquiera recordar dónde, cómo o por qué motivo habíamos comenzado con ese pensamiento.

La experiencia en la práctica de disciplinas orientales tradicionales constata la inmensa dificultad que existe en querer lograr controlar/observar la mente, encauzar la conciencia para que el actuar sea natural, desprovisto de toda intención utilitarista (wu wei taoísta) más que la necesaria en ese momento presente. Actuar de forma simple y natural, al principio, no tiene nada de simple y natural: “Para encontrar la no-forma, primero hay que transitar la forma” reza la sabiduría taoísta.

Al final del tránsito de este aprendizaje de observación de la forma (de acuerdo a las sugerencias de varios maestros), al reencontrarnos con la experiencia de la vida de forma directa, sin mediación de las “molestias” de la mente “fogosa” e intranquila, se abren posibilidades de percepción mucho más ricas, prácticas e integradoras. Inmediatamente, sugieren, con la raíz puesta en el momento presente (haciendo lo necesario para reconocer sabiamente qué es lo realmente necesario y qué estorba nuestra praxis de vida) todos los deseos mentales y pasionales que se acumulan como frustraciones (porque la mente puede crearlos más rápido de lo que la realidad puede satisfacerlos) se desvanecen como tales. Transformados en experiencias del momento se los vivencia y percibe en tanto existentes y no como un lastre que haya que mantener unido a nosotros en todo momento.

Se accede de esta manera a una felicidad plena dada por el hecho de estar viviendo en el dinámico, fugaz y permanente aquí y ahora. De la misma forma en la que el cuidador de rebaños lo vivencia: encontrándose con un viento que no es tempestad (y es tempestad). Que no es caricia de una persona amada (y es caricia de una persona amada). Que no es brisa de primavera en otoño (y es brisa de primavera en otoño). Que es viento (y no es viento).

En este aquí y ahora. 


[1] Considerando la especulación como un modo de razonar en el que nos perdemos en las sutilezas de la abstracción intelectual y ya no encontramos más la base de aplicación de esa reflexión.

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